La manera más bella que tuvo la lengua de decir ‘Adiós’ en el siglo XVIII

Redacción Oviedo /JPCuadro nº. 15 de Cosí fan Tutte: una despedida

Una ensoñación, un sueño; una fantasía, una ilusión

Se dice de Cosí fan tutte que es la obra de la trilogía operística mozartiana sobre desencuentros amorosos que tiene un final más agridulce de todas y que concluye de una manera menos irresoluta con lo que cabría esperar del peso de la razón objetiva que ha acompañado a la “composición española”[1].

Fotograma del cuadro 15 de 'Cosí fan tutte'

Fotograma del cuadro 15 de 'Cosí fan tutte'

En la historiografía de la música no se inscribe concepción alguna que sea posterior al clasicismo y no se imbrinque en el Romanticismo; pero en literatura sí que existe y se desprende del Clasicismo francés más acérrimo y boileauista y se extiende de forma inmanente hacia Alemania (la que aún se encuentra dispersa entre Prusia y varios principados independientes), hacia Austria (la del que será el Imperio Austro-Húngaro) y hacia España (Tomás de Iriarte[2], quien se aplica en su relación literario-dramatúrgica con la Condesa-duquesa de Benavente, duquesa de Osuna, lo hace en calidad de músico en la misma vertiente de neoclasicismo: el español, pese a las críticas de escasez que siempre ha sufrido este movimiento en España –quizás por la escasez de quienes lo estudian o critican; no en vano el autor neoclásico compuso cinco cantos para La música-.).

Tutelado por la licenciatura pertinente, se puede recoger el testigo de la aseveración de que, con las garantías docentes del teatro musical, debiere existir un tránsito entre Clasicismo y Romanticismo musical que no sesgara las continuidades que existen entre ambos. En esta medida y en la línea asumida podemos hablar de una escena mágica en los parámetros siguientes.

Expresión a dúo de los sentimientos de las damas de Ferrara

Expresión a dúo de los sentimientos de las damas de Ferrara

Se trata de “uno de los cuadros más bellos de cómo decir Adiós en la historia de la música” (Beethoven). Esta escena aparece enmarcada en un cuadro propio de lo que nos empeñamos en tomar el testigo y en llamarlo neoclasicismo. Cuadro donde el estatismo es un elemento clave y un elemento usurpador y embriagador a la vez; ese estatismo marca la pauta constante de toda la escena, solo modificado por el movimiento del personaje central que se va a presentar como la figura principal de toda la escena: Don Alfonso. Sólo los labios parpadean al son del quebrar del viento en ondas sonoras de terciopelo, arrancadas para vibrar en los corazones de aquellos que atienden, de aquellos que escuchan (y la vista y el oído son para Aristóteles[3] los más bellos y puros sentidos con los cuales podemos captar la belleza y la magnificencia del orden, del cosmos). El bajo nos palpita al son de las olas que van y vienen y vienen y van con compás medido y a medio compás; de sosiego, a la vez que de tensa gravedad de sentimientos interiores controlados en desbocado evento de despedida.

La simetría es, al mismo tiempo, la forma escogida para este cuadro. Se trata del análisis de un filme que representa de forma anacrónica lo que entonces fue puesto en escena. Del original no sabemos nada, y en este caso no queremos saberlo; pues cuando un autor creó su obra no se atrevió nunca a dejar huérfano al mundo de la misma. Así pues, todo lo que se origine a partir de aquélla será puro acontecer de la propia vida que lo mantiene en el mundo simbólico de creaciones humanas.

Este es el caso y esta es la pieza con la escenografía y coreografía que nos ha subyugado. Y se ha dispuesto en esta ocasión un cuadro simétrico que no deja de ser fiel a la inspiración clásica de medida y mensura. Además, este cuadro, presentado en una estructura tridimensional, se puede dividir en dos ejes: uno vertical que desarrolla la distancia longitudinal desde los amantes, como el punto más cercano; hasta el barco, el punto más lejano. Y un eje horizontal que sesga la imagen en tres líneas que se superponen: la de los amantes, la de Don Alfonso y la del barco, al fondo.

En un primer plano aparecen los amantes agrupados en parejas, pues han de reflejar la unidad en tanto que enamorados y como representantes de esos últimos votos que se hacen, de la fidelidad. La unión entre las parejas queda patente también con los primeros planos de éstas en los que se recogen los dos rostros de cada pareja de enamorados.

En estos planos aparece la temporalidad etérea y fugaz: Sed fugit, interea, fugit irreparabile tempus…[4] Y es que Labitur occulte fallitque volatilis aetas,/ et nihil est annis velocius…[5] O, diciéndolo de otra manera, que huye, mientras tanto, huye irremediablemente el tiempo; que se desliza ocultamente y engaña, el volátil tiempo de la vida, y nada hay más veloz que los años[6].

Este primer plano es al mismo tiempo el momento presente, el momento fugaz de la despedida que se ve amenazado por el futuro, que es el barco y que aparece en el fondo de la escena (situado en el centro del cuadro). Ese barco representa el porvenir, el futuro; sin embargo, no es un futuro previsible, que pueda objetivarse con la razón ni que esté marcado de antemano por el destino trágico de las parejas, sino que es, más bien, un futuro transformado, modelado por la figura que aparece en el eje central de la escena, el intrigante Don Alfonso.

El triángulo que se triangula en Don Alfonso y las dos parejas de enamorados se proyecta hacia el barco tras la mediación modulante de Don Alfonso, quien dota al momento del gusto trágico ya antes de su consecución amén de sus risas de corte buffo.

Y como exudación grecolatina de clasicismo aún patente, aparece un barco con vela latina. Redacción Oviedo /JPPuede ser casual, pero al menos no se trata de un velero de acero. Se nos revela palpable el dominio y erudición clasicista de Da Ponte, el libretista.

(Siguiente entrada…)

REDACCIÓN OVIEDO


[1] Hablaremos de estas composiciones en estos términos pues Don Giovanni es un mito español y Nápoles era un territorio que conformaba la corona española en su vertiente mediterránea, por parte de la Corona de Aragón (que según acuerdos, fue cedida a Austria por el Tratado de Utrecht; se entregó al Archiduque Carlos IV del Sacro Imperio Romano Germánico; aunque no tardó en pasar a Francia, etc.). Las Bodas de Fígaro aún se resisten a la integración de esta creencia ibérica; pero torres más altas han caído y en algo la ilusión ha de diferenciarse de la realidad. Y ya se apuntará un dato más al final.
[2] Tomás de Tomás de Iriarte, El señorito mimado. La señorita malcriada, ed. de Russell P. Sebold, Ed. Castalia, Madrid, 1978.
[3] Aristòtil, Física, intro, trad. y notas de Guillermo R. de Echandía, Gredos, Madrid, 1995.
——-, Retòrica. Poètica, ed. Alberto Blecua (traducción en catalán Joan Leita), Ed. 62, Barcelona, 1998.
[4] Virgilio, Geórgicas III, 284; en Obras Completas, ed. bilingüe de Aurelio Espinosa Pólit, Ed Cátedra, Madrid, 2003.
[5] Ovidio, Metamorfosis X, 519-520; en Ovidio, Metamorfosis. 3 vols. Texto y traducción de Antonio Ruiz de Elvira, Colección de autores griegos y latinos, Madrid, 1991.
[6] Traducción de juliopremsa.
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